Cuento- Memorias del abuelo

Rascando en el pasado, en la memoria del viejo, surgió la iniciativa de vender los últimos dos cochinos del patio para obtener dinero e ir al pueblo que lo vio nacer. Los planes se armaron y desarmaron una y otra vez. El dinero cuyo uso se le daría el pagar el viaje, se vio obligado a darle otro, tras muchos imprevistos que siempre surgen por la maldita economía de este maldito país.
Un mes después, el objetivo se cumplió. Y así fue cómo reunió a su único nieto que accedió a llevarlo en el interior del monte de un camino pedregoso.
El auto se movía de lado a lado mientras conducía entre rocas y polvo, rodeado de mucha y mucha maleza. El tiempo ahí estaba congelado. Mientras que en la gran urbe de la que venían (aunque él únicamente gozaba de su periferia) el paisaje tiraba más a árboles de concreto grisáceos cuyo viento nunca movía sus copas. Petrificada innaturaleza.
Dos, tres, cuatro paradas después, llegaron, luego de un largo camino nunca jamás explorado por ningún e inexiste aventurero. Una pequeña hilera de casas de pajas y maderas dieron la bienvenida al nuevo paisaje que se les acaba de abrir ante sus ojos.

—Todo ha cambiado hijo, no me acuerdo bien del camino.
—no se preocupe viejo, ya buscaremos el camino. Preguntando se llega.

El pequeño pueblo, tenía su propio tiempo. Un enorme domo invisible, encapsulaba un tiempo diferente al que de ellos provenían.
—mire viejita, de ahí caminaba a comprar... Y ahí también iba a jugar con los primos... Maaa' ya tiene tiempo, ¿Qué será de ellos? — se dijo.
Pregúntele a esa ninia hijo, pregúntele cómo llegar a la casa ejidal, de ahí sí sé, 'ai me acuerdo’. —

—vaya así, recto, y dónde está el poste de luz dobla; y todo recto y llega al parque y ahí está. — respondió una pequeña niña descalza que vestía un pequeño huipil sucio.

El casi desolado poblado miraba con curiosidad a los extraños, los nuevos invasores que acababan de llegar. ¿Quién en su sano juicio iría a visitar el pueblo?  Todos los habían olvidado, ya hace años que nadie los recordaba, que los mapas ya no marcaban su existencia. Ni siquiera los turistas más despistados podrían perderse ya en él.
Por un momento, Alejandro se decía que había sido mala idea seguir los "caprichos del viejo" así lo decían sus demás primos:
—No le hagas caso wey, es su capricho, el viejo ni sabe cómo llegar, no tiene razón para ir. Está mejor en su casa, hazle oídos sordos—
Pero por un momento a Alejandro sintió compasión y pensó en cumplirle aquel capricho, aunque sea por primera y única vez. Después de todo, poner a prueba su nueva nave era lo que le daba más entusiasmo para decirle "sí", al viejo.

Pasó una hora (lo equivalente quizá a un año en el mundo real) y no daban con aquella casa de paja con un pequeño cuarto de concreto (quizá uno de los pocos en Cuxcoltak) y una ceiba en el patio trasero. Alejandro ya estaba un poco estresado, le había dado ya casi 3 vueltas al pequeño pueblo cómo para no dar con la dichosa casa. Mientras tanto, don Feliciano disfrutaba del pequeño tour mientras su memoria se refrescaba. Su infancia, su adolescencia y una pequeña parte de su juventud, vivida ahí, en el lugar más desolado del mundo. La infancia, cuando la única diversión consistía en ser el clavadista más aclamado de Cuxcoltak del cenote que se encontraba a las afueras del pueblo; la adolescencia, en donde la aventura más interesante era el recorrer 6 kilómetros de ida y vuelta en el sacbé, al pueblo cercano más habitado para abastecer la despensa básica; y la juventud, cuando lo más icónico fue el ver cómo construían la autopista federal 180 y con ello, dejar de ser el pueblo de paso obligado para los conductores. Pero había algo mucho más importante para la vida de don Feliciano. Cuando conoció a Julia, el amor de su vida, y cuando decidieron abandonar el pueblo donde nacieron para ir a la capital y probar suerte en su nueva vida. 20 años allí, cuando tuvieron que separarse porque Julia o julita, cómo le decía de cariño don Feliciano, se regresó a Cuxcoltak porque su madre, había enfermado de manera grave.

—No vayas Julita, no vayas, quédate aquí con tu viejito, ahí no hay nada, no existe nada, si vas, no podrás regresar, alguien tendrá que ir por ti y yo no puedo viejita. —

No era el no querer ir por ella, sino el no poder ir, que hacía de don Feliciano la preocupación y la imposibilidad de ir a buscar a Julita luego de que ella había partido. El fracaso que resultó ser para don Feliciano, el no haber prosperado en la capital, fue lo que más le avergonzaba. Haberle fallado a su Julita.

—Párese aquí hijo, voy a bajar y preguntar. — dijo don Feliciano, tras pasar enfrente de una casa de paja casi destruida.
Tardó unos minutos después para que regresara al auto, luego de unos movimientos de manos y unas palabras ininteligibles para que Alejandro escuchara desde el auto.

—Me dijo que vendió el terreno y que se fueron a vivir a la casa de la chichí cerca de la hacienda, que está recto y a la izquierda, dónde está la veleta. —
—súbase pues— hay que salir de aquí antes que se haga de noche y perdernos. — exclamó Alejandro, ya cansado e irritado del incesante bochorno que generaba el calor de ahí.

El atardecer estaba ya cayendo sobre el cielo de Cuxcoltak. El cielo azul y despejado se pintaba de tonalidades amarillentas y naranjas, mientras el silencio del pueblo se veía interrumpida de los cantos de los K’aues y Pich’es proveniente de los árboles, ambientando así, el pueblo de Cuxcoltak.
Unos cuantos metros después, Alejandro se detuvo frente una albarrada pintada de cal y cuya reja era una puerta de lámina muy oxidada.
—apúrate viejo, si no la encuentra, nos vamos de aquí y regresamos otro día, ni de loco me quedo aquí hasta que se haga de noche. Apúrese.
—si hijo, última—

Ya el atardecer dominaba el cielo, los cantos incesantes de los pájaros aturdían de una manera agradable los oídos de los visitantes extraños que no estaban acostumbrados ante tal concierto cotidiano del ocaso del sol.

—Éste viejo ya se tardó— pensó en voz alta Alejandro. — ¡Viejo!, ¡Apúrese contras! —gritó.
Tras no conseguir respuesta ni presencia de don Feliciano, Alejandro bajó del auto y atravesó la albarrada, seguida de la puerta de la casa de paja. El deslumbre provocó un efecto de parpadeo largo a Alejandro tras adentrarse a la inmensura de la agradable sombra que la paja producía. Ahí encontró a su abuelo, sentado en un banquillo y con una mirada penetrante hacia la nada. Su mirada, reflejaba tristeza. frente de él, se encontraba una señora agarrado de la mano de un pequeño niño semi desnudo y lleno de lodo. Al percatarse que Alejandro había entrado, desvió la mirada del hombre desconocido de avanzada edad, hacia el otro mucho más joven que acaba de entrar a su casa. El canto de los K’aues cesó. El cielo tiró a tonalidades más rojas mientras que la luna se miraba ya más visible en lo alto del cielo de Cuxcoltak.

En la espesura de la noche, entre los sonidos noctámbulos de los grillos, las sombras de dos hombres se detienen en la entrada de un arco de un predio desolado y abandonado, en las orillas de un pueblo que no existe ya. El chirrido de la reja oxidada retumba entre el monte infinito que los rodeaba, mientras aquellas dos figuras atravesaban el arco con pasos lentos y seguros en el pequeño camino de tierra roja. Solo unos 5 metros después, las figuras de los dos hombres caminaron hacia el rincón del predio marcado y delimitado por una albarrada, semi destruida. Ahí, se encontraba, en el suelo, un pequeño nicho agrietado y maltratado por el tiempo. Una de las figuras se hincó y dejó caer suavemente una pequeña flor de tulipán enfrente mientras tocaba delicadamente aquella construcción diminuta de cemento. La otra figura, posó a lo largo del nicho una figura de cruz verde perfectamente tallada en madera.
Uno de los hombres, regresa al auto y con la luz de los faros del mismo, se ayuda para sacar del maletero una pala pequeña y un pico. Los pone en su hombro y regresa junta al otro hombre.

—Ayúdeme a cavar mijo—
—¿Estás seguro que quieres dejarlo aquí pa’?
—No, pero es lo mejor, lo que hubiese querido.

Pasaron únicamente unos cuantos minutos para que un pequeño hueco, lo suficientemente hondo para enterrar algo, se formara junto al nicho. Las dos figuras depositaron en el hueco recién hecho una pequeña caja de mármol blanco.

—Ahora vaya por la lápida al maletero mijo, con cuidado de no tirarla o la paga, y ya deje de temblar, sea un hombrecito.
—ya voy.

Al pasar las horas, los grillos habían comenzado a cesar su canto para abrirle paso a los pájaros que comenzaba a revolotear en lo alto de las copas de los árboles. Una pareja de venados observaba atentamente entre las matas y los arbustos el movimiento de los dos hombres que se habían encerrado en el auto para pasar la noche. El sol comenzaba a revivir a toda especie de animales silvestres que salían tan temprano en busca de comida. El estruendo del encendido del motor del auto los espantó a todos. Por la ventana, la figura del hombre más joven, observaba cómo la maleza del monte había reclamado ya su tierra, sepultando entre el espeso follaje verde lo que alguna vez fueron las casas de paja y albarradas blancas de los habitantes del pueblo. 45 minutos después, el auto que se había internado en un camino blanco, apareció de nuevo en la autopista 180, para retomar el camino de vuelta a la urbe.


En el cementerio del pueblo abandonado de Cuxcoltak, resalta una lápida de entre todas. Una cuya apariencia se ve entre décadas de diferencia más joven que todas las que se encuentran a su alrededor y cuya frase recita: “Feliciano, abuelo de la familia Cocom, yace aquí junto a Julita, el amor de su vida”.

Angel Novelo, 2018. 

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